21 días es el tiempo que necesita el cerebro para adoptar un
nuevo hábito. Usa una pulsera y cámbiala de muñeca cada vez que te quejes. Para
dejar de ser víctima y centrar la atención en lo que quieres en lugar de en lo
que no te gusta.
Me pelo de frío. Me aso de calor. No me gustan los domingos.
Odio los lunes. Qué asco de tráfico. Está lleno de bichos. Me duele la cabeza.
Ya se ha vuelto a quedar colgado el ordenador. Cuánta gente. Le falta sal. Está
demasiado salado. Qué lento. Qué sucio. Qué caro. Qué feo… Si se pusieran sobre
el papel, el diccionario de las quejas cotidianas de la mayoría de nosotros
probablemente sería más voluminoso que Guerra y Paz.
Quejarse está a la orden del día entre todos los sectores de
la sociedad, y no sólo en tiempos de crisis como los que vivimos. La costumbre
nacional de criticar y descalificar en la sobremesa o en el bar, en lugar de
actuar y pasar a la acción contribuye a crear un ambiente de negatividad en el
que es fácil sentirse una víctima impotente ante todo lo que acontece.
La idea original nació de la mano de Will Bowen, un pastor
estadounidense que, en sus sermones, proponía a sus protestones feligreses
permanecer 21 días sin quejarse.
La realidad es que con cada queja hacemos que el problema
crezca.
¿Por qué 21 días? Dicen los psicólogos que un hábito se
forma en este periodo de tiempo. Pero lo más probable es que deshacer el hábito
del chismorreo y la queja lleve bastante más.
