miércoles, 29 de mayo de 2013

21 días sin quejas

21 días es el tiempo que necesita el cerebro para adoptar un nuevo hábito. Usa una pulsera y cámbiala de muñeca cada vez que te quejes. Para dejar de ser víctima y centrar la atención en lo que quieres en lugar de en lo que no te gusta.
Me pelo de frío. Me aso de calor. No me gustan los domingos. Odio los lunes. Qué asco de tráfico. Está lleno de bichos. Me duele la cabeza. Ya se ha vuelto a quedar colgado el ordenador. Cuánta gente. Le falta sal. Está demasiado salado. Qué lento. Qué sucio. Qué caro. Qué feo… Si se pusieran sobre el papel, el diccionario de las quejas cotidianas de la mayoría de nosotros probablemente sería más voluminoso que Guerra y Paz.
 
Quejarse está a la orden del día entre todos los sectores de la sociedad, y no sólo en tiempos de crisis como los que vivimos. La costumbre nacional de criticar y descalificar en la sobremesa o en el bar, en lugar de actuar y pasar a la acción contribuye a crear un ambiente de negatividad en el que es fácil sentirse una víctima impotente ante todo lo que acontece.
La idea original nació de la mano de Will Bowen, un pastor estadounidense que, en sus sermones, proponía a sus protestones feligreses permanecer 21 días sin quejarse.
 
La realidad es que con cada queja hacemos que el problema crezca.

¿Por qué 21 días? Dicen los psicólogos que un hábito se forma en este periodo de tiempo. Pero lo más probable es que deshacer el hábito del chismorreo y la queja lleve bastante más.


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